No pregunté ni nombre, ni edad. Sólo supuse, después de mirarla y escucharla un rato, que era una mujer universitaria que marchaba por la causa común de la educación. Sin embargo algo particular me llamaba su atención: no era una más dentro del montón, ya que cada grito que se escuchaba, ella los gritaba y cantaba desde adentro, como si quisiera terminar con toda su voz, con una pasión y euforia, que me dio la sensación de que estaba endeudada hasta por los codos, y que su ímpetu no era más que el desahogo de esa rabia contra el sistema, contra el presidente, contra los antiguos gobiernos, contra su universidad, contra el banco y quizás contra qué más. La verdad, no la quise interrumpir. Estaba tan motivada gritando entre la gente que caminaba aplaudiendo a su alrededor, que más me dedique a mirar que a conversar.
Me adelanté entre la multitud y pude ver que ya no era solo esa mujer la que le dedicaba tanta energía a la marcha. Cientos y cientos a mi alrededor gritaban con igual intensidad que ella, queriendo transmitir algo, queriendo ser escuchados. Manejando un mismo código que no toda la sociedad entiende y construyendo nuevos símbolos sociales.
Pese a que la marcha no se realizó por el trayecto ideal que el movimiento esperaba, los estudiantes literalmente se tomaron la calle para manifestar, a través de diferentes recursos, lo que querían transmitir: figuras de los ex presidentes, del presidente, callampas, militares, políticos, diablos, Transantiago. Entremedio batucadas que a ratos daban la sensación de estar en un carnaval, pese a que no había mucho que celebrar, sino, más bien, demandar.
Me da la sensación que si uno viese la marcha desde el aire (esta marcha en particular porque la lluvia hizo abrir muchos paraguas) se verían muchos colores y podría llegar a sentir que se me ponen los pelos de punta por la cantidad de gente que contiene. Porque es así. Es mucha la gente que compone este movimiento, mucha la gente que quiere ser escuchada y mucha la que quiere expresar: expresar su descontento, su rabia, sus necesidades, y sobre todo su empatía. Porque no todos los que están ahí marchando lo hacen por ellos. Muchos lo hacen por el beneficio que puede traerle al de al lado que sí lo necesita; y/o quizás ninguno realmente está convencido de que todo lo que piden y todo lo que consigan tendrá algún beneficio directo sobre ellos mismos, sino, más bien, para el futuro que se avecina y que merece algo diferente a lo de ahora.
Entre comentarios escuchados en el trayecto de la marcha de los paraguas, una de las conclusiones que puedo definir y que quiero agrupar más allá de las demandas puntuales sobre la educación, es que con esta movilización la gente se ha puesto en los zapatos del otro. Ya no está velando solo por su interés personal; ya no quiere ser catalogado como ese personaje individualista que antes se creía propio de nuestra sociedad.
Es importante mencionar que, sin duda, la marcha la compone gente muy diferente: distintas tribus urbanas, universitarios de privadas, escolares de municipales, personas de edad, pequeños de kínder, estudiantes de medicina, estudiantes de derecho, los sopaipas y los del Saint George. Es un homenaje a la diversidad, una gran diversidad que se agrupa como pocas veces para ser un ente que presiona por sus demandas y que se enriquece cada día más de la misma diversidad que los compone y que los une con la intención de comunicar, de hacerle saber al otro lo que está pasando a su alrededor; con la intención de ser escuchados y atendidos; un movimiento que no está quieto y que se manifiesta por una demanda colectiva, que pide y necesita comunicar.
Gabriela Castillo Anabalón
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